¿Por qué no podemos dormir?

No podemos dormir porque el día se nos queda corto. Porque hacemos mucho, pero nada de real importancia. Porque hemos callado muchas voces y en la noche vuelven a despertar para susurrarnos. Porque hay un fuego que nunca se va a apagar… porque quiere ser visto y que mejor que el contraste de la noche para lograr ese cometido. Porque cuando todos los ruidos se apagan, las melodías internas suelen ser mejor escuchadas. Porque hay menos interferencia. O simplemente porque se nos place.

Mi primer pesadilla en un largo tiempo

Estaba con mis hijos en una especie de plaza, rodeados por casas en un lugar alto. A lo lejos y por debajo se veía la ciudad. El anochecer vino de golpe con un espectáculo poco usual. El cielo estrellado en vez de moverse lento se balanceaba, las estrellas y el brazo de la galaxia subían y bajaban como un sube y baja. Me preguntaba si era algo que los científicos pudieran explicar, evidentemente si, pero no era para nada normal. En ese vaivén parecía como si el planeta se fuera a volcar dentro del vacío o que la parte alta en la que estábamos torcería hacia la ciudad en una caída abrupta. No lo hizo. El cielo nocturno se estabilizó. Di media vuelta y ahi estaba, en el cielo de la noche, caricaturesco pero sin perder respeto. El sol, semi apagado y visible a ojo desnudo. Algo estaba terriblemente mal. Se podía ver la corona, agitándose de manera violenta y las eyecciones que tanto se temen para las telecomunicaciones sucederse una tras otra con una energía sobrenatural. Algunas se veían cruzar el cielo, mala señal. Mis conocimientos sobre astronomía me hablaban de una atmósfera cocinada en poco tiempo. El cielo empezó a moverse de manera extraña y el sol también. Hacia los costados se podían apreciar dos manchas negras, distorsionando las estrellas. Las culpables de lo que parecía ser, claramente, el fin del mundo, tragándose al sol en lo que científicos llaman la cena de la muerte. No había síntomas evidentes pero el pronóstico estaba echado. Con voz autoritaria, mas de miedo que de respeto les ordené a mis hijos, en medio de un tumulto creciente y gente corriendo que me siguieran sin importar consecuencias y sin hacer preguntas. En mi mente solo pensaba en bajar hacia la ciudad a donde sabía que estaban mis padres, aun de visita en esa ciudad que no era mía. Solo por el hecho de morir en familia. El fin era una cuestión de horas o unos pocos días.